El cine y la libertad

4

Para mi generación ir al Cine era una ceremonia.

Buscando en un diccionario la exactitud de mi expresión al utilizar la palabra ceremonia señala que es un “acto solemne que se lleva a cabo según normas o ritos establecidos”.

Y eso era exactamente. Porque de repente, cuando bajaban la luz, se abría un mundo nuevo, grande, fascinante, diferente, y el sortilegio de una vida alternativa, llena de colores distintos se abría en tu vida.

No teníamos mucha cultura visual con la que confrontar historias, sueños, cuentos, ni todo se explicaba solo por imágenes asociadas.

Ahora, en esta maravillosa vida paralela que tenemos de Internet, que ya lo escribimos en mayúsculas, toda idea, toda música, toda sugerencia viene por la imagen incorporada y acompañada por una imagen.

La Manga también tuvo su cine. Y para maravilla de muchos de nosotros, al aire libre.
Yo jamás había estado en un cine tan exento de todo, tan poco reglado y tan atrevido. Para todo. Era un lugar donde buscar y donde ser encontrado. Tanto para los “mayores”, esos que nos ponían reglas y querían encorsetarnos; pero sobre todo para nosotros, los locos chiquillos, que buscábamos desesperadamente sitios que nos aceptaran, sin muchos controles y tantas barreras.

Yo vivía en un hotel. Eso me daba un margen fascinante para correrías, pero desgraciadamente para mí, muy solitarias. Recuerdo intentar dar pena, intentar negociar mi libertad con recepcionistas, maleteros. Había maleteros, camareros y cualquier persona en el hotel, ósea todas, que pudiera coartar mis fugas, mis grandes o pequeñas escapadas.

Mi padre y mi madre me ponían normas bastantes estrictas, sobre todo fuera del hotel. Pero para ir al cine, las reglas se negociaban. Para ellos era parte de mi educación, de la cultura que me correspondía tener, aprender y absorber.

Y con la cultura no se jugaba, era sagrada. Nunca había ni suficiente ni peligrosa ni siquiera, adecuada. Eso sí, tenía que “racionalizarse”. Complejo verbo para explicar que todo tenía que ser argumentado, todo tenía que tener una “razón” que lo acompañara, hasta poseer un porque razonado, pensado, y deducido.

Curioso, no recuerdo ningún título de las películas que allí vi, ni siquiera de que género, si infantil, vaqueros o de policías.

Lo que recuerdo es el olor a mar, a sentarme en el suelo, y la sensación de independencia personal que me otorgaba el lugar. Ese es el encantamiento que puede producirte un lugar, transmitirte a través de muchos años, la huella que te marco, el efecto y el sentimiento que te traslado. Esa es la seducción de un lugar.

Sé que mi padre amaba ese pequeño cine y siempre le dolió mucho y añoro, que todos los planes que a lo largo de su vida le propusieron de otros cines, no hubiera cines de verano, cines al aire libre, donde dejarte llevar por emociones tan libremente.

En una cabeza tan plena de razones, tan repleta de reglas, había un alma mucho más libre de lo que nadie pueda pensar. Su corazón, bastante surrealista, que no es contradictorio, su humor absurdo, muy catalán, atiborrado de ironía, seria aparentemente y que muchos temían, incluida yo, había un defensor de la imaginación, de la creación personal, absolutamente radical.

Tenía hábitos de vida autoimpuestos muy rígidos, pero jamás impuso a nadie que cumpliera alguno de ellos. Y esa exigencia personal de disciplina moría fuera de su ámbito personal. Y eso con mi madre de compañera de vida, era un verdadero test de convicciones. Mujer de hábitos de vida absurdos, cuanto menos, con horarios de sueño absolutamente dispersos, de comida desordenados, muy impulsiva y siempre, siempre muy sorpresiva.

Excepto para él, que tomo la decisión vital de no esperar nada muy coherente y dejar que el espíritu absolutamente surrealista jugara un papel en su vida. El propio Salvador Dalí decía que con ella y con la pintora Maruja Mallo no se podía competir en locura, porque ellas lo eran de manera absolutamente natural y nada impostado, y nada las sorprendía.

Mi padre conjuraba su vida reglada, con el carácter vehemente de ella. Y ni se angustiaba, ni se sorprendía, el seguía su ritmo, sus ritos y ella los suyos. Pero formaban una pareja formidable, cada uno apoyando incondicionalmente al otro, sin sentirse agredido por las diferencias y sí juntos en un proyecto de vida común.

Ella amante del Cante Jondo, me llevaba a La Unión al Festival del Cante de Las Minas, y para mí era también una búsqueda en un Cante tan profundo y emocionante que a mi edad me impresionaba profundamente. Siempre me gustó desde ese momento, ese Cante de profundidad, sin mucho artificio y con aquellos martillos llevando el compás.
Él me acercaba al cine, comentábamos las películas, y era amante del Cine Negro, de la cinematografía francesa, de las películas de vaqueros y de las comedias de humor inglés.

Él tremendamente nocturno y odiando madrugar, incluso en El Río de La Plata, con horarios más tempranos que en España, siempre entró al estudio a las diez de la mañana como un reloj, pero jamás antes.

Ella madrugadora, con fuerzas antes del desayuno de cambiar el mundo, la distribución de los muebles en casa, o de verdaderas conversaciones larguísimas, verdaderas tertulias telefónicas, con amigos madrugadores como ella.

Ese pacto de libertades, de aceptar las diferencias, les hacía más fuertes, más sólidos y absolutamente envidiables. Porque su libertad era cierta, no era impostada, formaba parte de su coherencia y de su respeto a lo distinto, a los argumentos diferentes, pero basados en un respeto a la individualidad y a la igualdad.

4 Comentarios

  1. Que cantidad de recuerdos imborrables me produce esa foto de ese maravilloso cine de La Manga. Confieso que nos colábamos alguna vez descubriendo rendijas en el cañizo lo suficientemente anchas. Pero no era por no pagar, era por vivir una aventura intensa y arriesgada. No fueron muchas veces, pero nunca nos pillaron…que pena porque hubiera sido otra gran aventura ver la cara de mi padre, tan severo y ortodoxo.
    Es delicioso leerte. Estoy muy de acuerdo con el comentario anterior. Adelante!

    • Gracias también a ti, y creo que también me cole más de una vez. No creo que estas «gamberradas» fueran tan graves, aunque para nosotros en aquel momento, fueran de cárcel seguro.
      Creo que también mi padre se hubiera sorprendido de conocer mis maneras tan poco ortodoxas,
      o quizás no!

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here