La Torre Negra y la memoria

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Buscando fotografías de las obras en La Manga me encontrado un problema más importante de lo que en principio podría pensar en mis criterios y razonamientos previos.
En la memoria de mi ordenador, la Torre Negra, está en la carpeta “1961-1967 Plan d’ordenació de La Manga del Mar Menor” y la subcarpeta “La Torre Negra o Torre Hexagonal. Conjunto”, en mi memoria física, no tan bien ordenada, es la Hexagonal, para mis amigos era La Negra.

La Negra que ya no es Negra ni nunca fue negra. Era marrón oscuro.
Siempre buscaba una manera de que la conservación y mantenimiento de los edificios fuera sencillo y barato.

En mi memoria, la mía, es casi sin colores, mucho más sentimental, pero en la memoria de mi ordenador explota la diversidad.
Muchas causas hay en este desorden, muchas razones. ¿Cómo es una fotografía, como la hicimos, como la guardamos, como está hoy?

Si abrimos cualquier foto en un ordenador, una fotografía antigua, la imagen nos impacta por su color sepia, o sus colores desvaídos, mortecinos, o muy mortecino, del latín, de la palabra muerte.

¿Cómo tenemos que mirarla, como tenemos que guardarla? Porque al abrirlas en el ordenador, nuestro recuerdo varia, queda modificado por la sensación que nos envía al cerebro la nueva imagen que nos envía la pantalla. Si vemos una fotografía que nunca habíamos visto, vemos con sorpresa, que puede ser contradictoria con nuestro recuerdo. Descubrimos que un documento de nuestro pasado nos varía la memoria, la percepción de la realidad, nos hace dudar y nos constata que todas nuestras apreciaciones de la vida no son ni objetivas ni tienen porque serlo. Estamos mucho más cerca de los subjetivo, en un equilibrio muy frágil, andamos sobre una cuerda floja como funámbulos circenses dependiendo de la “guardia custodia” que hayamos podido o querido tener sobre nuestros documentos vitales y referenciales.

Tendríamos que consultar y preguntar a los archiveros, los especialistas en nuestra memoria colectiva porque tomamos consciencia de la vulnerabilidad de nuestra vida, porque sin referentes históricos de nuestra propia realidad son difíciles mantener la raíces de nuestro pensamiento crítico y nuestros cimientos esenciales.

No es tan factible o realista pasar un programa de “ajuste automático” a nuestras fotografías por ser auténticos si no tengo con quien o con que compararlo, pero sé que alteran mis cimientos personales, pero lo más agobiante es no saber cuáles han de ser nuestro referentes adecuados, nuestros adecuados equilibrios entre lo que fue, lo que realmente fue, y lo que es.

Tendríamos que guardar nuestros datos, nuestras fotografías como documentos referentes y trascendentales por el año en que fue realizada, por donde, o por quien nos acompaña en la imagen, cual es el paisaje o el fondo que nos acompaña ,que exactitud tiene el color o la exposición de esa imagen en nuestro disco duro personal. Si el original tenía color o era en blanco y negro, si tiene que entrar a formar parte de nuestra memoria el sepia, como nos ocurre con las imágenes de principios del siglo XX, con las variedades de sistemas de recuperación de documentos existentes hoy en día.

Toda la polémica que existe en la actualidad, solo ha comenzado, ira a mucho más, sobre como reconstruir la Catedral de Nôtre Dame de París. Porque ya nos hemos acostumbrado a una imagen que no es la original, para nada, el paso del tiempo y del hombre la ido modificando.

Pensemos en el referente histórico visual que tenemos de una pirámide egipcia, de una catedral gótica, de una iglesia románica, nada tienen que ver con lo que fue realmente. Pongamos revestimientos y colores a todos ellos y nada tienen que ver con esos colores naturales de los materiales con los cuales fueron construidos que han resistido el paso del tiempo y de los cambios culturales que hemos vivido en pocos años, y esa búsqueda del origen y la autenticad en nuestros imágenes fijas muy poco auténticos y muy poco verídicos.

Pero lo curioso de esta reflexión es darnos cuenta que no solo afecta a lo visualmente aceptado, al mundo material que nos rodea, sino a nuestra memoria colectiva e incluso a nuestra vida individual y más personal. Ahí es donde hay que ser consecuentes y aprender a guardar y el cómo almacenar nuestras estampas familiares y amigables.

Para mi tendría que buscar argumentos y razones mucho más correctos en mi propia vida para saber cómo corregir errores, como ser más correcta con mi historia y con la de mi padre, si es que hay que serlo.

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