Babilonia y los amigos

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La idea de un edificio escalonado era muy recurrente en la creación de Edificios en primera línea de mar.

Mi padre construyó en Mar del Plata el Terraza Palace muy poco tiempo antes. Planeó uno para Barcelona y otro en un primer plan de La Manga.

No le gustaba la idea de romper la línea de la playa con grandes verticalidades. Que los edificios se desparramaran, se entrelazaran, formaran un tejido vecinal, un paseo para la persona donde pasear, convivir, relacionarse sin el peso visual de grandes edificios continuos frente a la dulzura de la arena y de la orilla.

Tanto para buscar soluciones a este razonamiento como para la búsqueda de la intimidad, huyendo del edificio colmena, también la idea del escalamiento le permitía encontrar más individualidad en los apartamentos, creando terrazas más privadas, más útiles por ser más particulares y personales.

La doble cara del edificio es una singularidad propia de la maravillosa ubicación, pues donde se puede construir un edificio que dé a dos mares, tienes dos fachadas principales.
Recuerdo de niña sus pasillos frescos en pleno verano, buscábamos siempre sombra en una época de abanicos y donde el aire acondicionado era un lujo desconocido.

En los días de verano, de ese viento caliente que lo inundaba todo, donde siempre íbamos en bicicleta, que la arena se te pegaba en la cara, llegar a esas sombras era una maravilla.
Las tardes eran para los amigos, para buscarlos o hacerlos y encontrarlos. Veníamos casi todos por unos días, no sabías si los últimos que tenías y que habías hecho los volverías a encontrar.

Todos de sitios diferentes, de origines muy distintos pero nunca fue un obstáculo. Era un aprendizaje de saber crear lazos nuevos, de comprender las diferencias y de aprender a escuchar a los demás.

Mis veraneos siempre fueron diferentes a los demás niños y niñas de mi edad o de mi colegio. El destino lo marcaban mis padres y generalmente se iba a donde mi padre tuviera trabajo. Para él estar sin visitar obras o hacer proyectos era un castigo, no unas vacaciones. Así que yo solo preguntaba dónde íbamos sabiendo que incluso a última hora podía haber cambios.

En esa época mi padre trabajaba en proyectos en muchos lugares simultáneamente con lo cual lo difícil era verlo, y coincidir con él. Procuraba dejar las visitas de obras más adecuadas, para compartirlas en familia en época de las vacaciones escolares. Nuestros destinos mas habituales en esos años fueron La Costa Brava, La Cerdanya o La Manga.

El destino final era una decisión casi fruto de negociaciones familiares o de la propia suerte, de donde hubiera más problemas, donde hubiera algún fuego que apagar. Lo cual incluso para hacer la maleta era complicado, no puedes ir a la Cerdanya sin algún suéter gordo, sin unas botas de agua, y a la Costa Brava, mucho más social, algún pantalón de vestir.

Si el destino era La Manga, muchos menos problemas, pero más bañadores, más pantalones cortos y muchas camisetas.

Íbamos normalmente en avión hasta San Javier y allí en coche de alquiler y, si íbamos para muchos días, por ejemplo, todo el verano, algunas veces lo hacíamos en coche desde Barcelona, en un coche maravilloso en mi recuerdo, un Ford Taurus blanco y redondo.

A mi me parecía muy grande, y con el asiento delantero corrido, así que parte del viaje podía ir delante y cuando me cansaba mucho pasaba a la parte de atrás que era una verdadera cama. Era un viaje maravilloso, pasando por toda la costa mediterránea, con el mar siempre en la mirada, haciendo paradas para ver a amigos, uno de nuestros rituales, era aprovechar para ver los amigos que por razones del destino verlos era complicado.

Uno de ellos era el maravilloso Alberto Closas el actor, amigo de mis padres desde las épocas de Buenos aires y que vivía muy tranquilo cerca del mar.

Esa lealtad de mis padres a sus amigos, durante tantos años y tantos destinos diferentes siempre me asombró. Podían llegar amigos nuevos, algunos irse, pero no había viaje, donde si podían, no pasaran a buscarlos, charlar y aprovechar para darse cariño, contarse las novedades de sus vidas, las nuevas dificultades, las nuevas alegrías.

Todos con vidas muy diferentes y dispersas, e incluso con profesiones de lo más dispares.
Si íbamos a Roma, en coche, íbamos a ver a Rafael Alberti, todavía exilado, pasábamos por casa de Pablo Picasso, en el sur de Francia, y mi padre invitaba a algunos amigos madrileños que hacían el viaje con nosotros.

Uno de ellos era Arturo Ruiz Castillo director de cine y su mujer, una catedrática de Matemáticas, él también era licenciado en Ciencias exactas y fundador con Federico García-Lorca de La Barraca, el teatro ambulante, y amiga de mi padre desde sus veranos en la Universidad de Santander.

Evidentemente, mi padre también los invitó a La Manga una Semana Santa y mi padre les dio una vuelta por todas sus obras, y por todos sus paisajes. Arturo era un hombre tremendamente humano con una sensibilidad poco habitual. Percibía muchas cosas con la primera mirada, seguramente por su profesión tan visual, tan de imágenes.

No sé porqué en el recorrido por las obras de mi padre lo último fue los Apartamentos Babilonia en nuestra visita.

Cuando llegamos a Arturo comentó «Antonio, esta es la más Bonet de todas, para ver me quedo con el Club Náutico, pero para pasar el verano, me encantaría estar aquí. Me gusta tanto que me tienes que buscar un apartamento».

Creo que nunca lo compró pero para un madrileño como él La Manga era el Séptimo Cielo, no creo que para todos los días, pero sí para descansar. Esa era la magia de La Manga, enamorando a todos, a cualquiera, para unos días, o para dejar pasar la vida en un paraíso con dos mares.

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