La recta, la curva

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En mis lánguidas y calurosas tardes de verano en La Manga, sin planes muy concretos mi pasatiempo preferido era pasear despacio al atardecer por las carreteras tan poco transitadas y buscar dunas elevadas y sentarme melancólicamente.

Es un atributo muy adolescente y pedante que todos hemos padecido, sentirnos solos en el mundo, muy importantes, muy únicos y muy incomprendidos. Estupideces banales muy características de las veleidades endiosadas de ciertas edades donde la comunicación parecía algo inalcanzable y donde sentirse diferente es una necesidad absolutamente indispensable.

Por mucho que crezcamos algo de esa idiotez habita nuestro carácter y cuando las defensas de los años dejan de ejercer, por crisis vitales de algún tipo, nos pueden atacar y volemos a sentirnos incomprendidos y mucho más sabios de los que somos.

Sentada en esas atalayas tan naturales me sentía una reina mirando sus posesiones, algo de aquellos cuentos de “todo eso será tuyo” de nuestra infancia.

Bajar de mis ensoñaciones a la realidad de ir a cenar con mis padres era todo un baño de realidad, un encontronazo con mi educación racional, llena de preguntas, de reflexiones precisas y concretas y de mirar cara a cara a la coherencia diaria.

Una siempre intenta ser muy sabia, que te quieran y te admiren, por lo cual yo intentaba no transmitir mis miedos, mis pensamientos erráticos y mis amores eternos que duraban un minuto.

Intentaba preguntar más que responder, y así no mostrar tanto de mí misma en esos momentos tan frágiles. Estrategias había aprendido, desde leerme periódicos y saberme los titulares del día para poder preguntar, a escuchar mucho y retener en mi memoria toda pregunta que me surgiera. No creo que engañara a mi padre ni a mi madre, creo que más bien estaban encantados, sabiendo que la curiosidad es un arma de aprendizaje maravillosa, y que queriéndome esconder lo único que conseguía era aprender y créame hábitos de vida maravillosos y eternos.

Desde esas dunas se veían las carreteras, sobre todo la central como una serpiente en la arena. Ya crecían en sus bordes las palmeras, ya había las primeras farolas, ya habían las primeras calzadas para los paseantes imaginarios que luego las recorrerían, pero que en ese momento parecían tan grandes, anchas y solitarias.

Se veían pasar trabajadores esperando pequeñas camionetas que los recogían y los llevaban a los pueblos cercanos y algún turista despistado esperando que lo recogiera un coche cualquiera que le evitara la caminata.

Al llegar al hotel para cenar, mi casa en esos momentos, y con mi educación tan recta, corriendo a la habitación y cambiarme para cenar, era impensable sentarse a cenar con mi ropa usada durante todo el día, lavarte la cara y peinarte y corriendo bajar a cenar, la puntualidad también contaba a la hora de tener la vida más cómoda.

En una de esas noches formales de hotel, y contándole a mis padres mi tarde en mi mirador en la duna, se me ocurrió hacer una de mis preguntas para que no hubiera más cuestionario por su parte.

Intentando hacerme la importante y sabia intente explicarle a mi padre que no entendía porque había hecho una carretera con tantas curvas siendo el terreno tan cómodo para hacer una vía absolutamente recta.

La expresión de mi padre no cambió, levantó la mirada lentamente, con mucha ironía me miró, como cuando alguien te mira sobre unas gafas y se acomodó en la silla, y sin alterarse lo más mínimo, lo cual era lo normal en él, me respondió, “Me gustan mucho las curvas, ¿tú la hubieras hecho y dibujado de otra manera?” Evidentemente contesté que yo la hubiera hecho lo más recta posible, a los cual me cuestiono un “porqué”. Empezó un cuestionario larguísimo hacia mí, sobre preguntas que a mí me parecían de una lógica aplastante, pero a cada una de mis contestaciones y a su siguiente pregunta yo me sentía mucho menos segura.

Después de tantos años reproducir esa conversación con exactitud y no tergiversar sus palabras sería un milagro, pero aprendí mucho, mucho.

Los caminos rectos nos aburren, nos cansan y dejamos de prestar atención, con lo cual son más rápidos pero más peligrosos. Los paseos de peatones tienen que invitarnos a pasar por ellos y tuvimos que sentirnos los dueños de ellos, para sentirnos confortables y hacerlos nuestros.

Si hay verde cerca nuestro nos sentimos más implicados, más bienvenidos, menos ajenos, y más responsables del entorno.

Tarde mucho tiempo en volver a interrogar a mi padre, la lección todavía la siento ahora y sigo sin saber si se refería a la carretera de La Manga solo.

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