La Manga y la noche de San Juan

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Mis experiencias infantiles y adolescentes en La Manga son tan auténticos como compartidos por muchos de vosotros y que habéis tenido este tiempo la gentileza de comentar en estas páginas.

Seguro que el paso del tiempo los ha redimensionado en nuestro inconsciente y su relevancia y comparativa en nuestro disco duro individual no es ni equiparable, ni tiene porqué serlo.

Mi padre buscaba incansablemente la belleza. En todo lo que veía y, lo más sabio, lo encontraba. Lo veías en una tumbona en el Hotel Galúa, en la piscina, cambiando de lugar la tumbona y poniéndola en unas posiciones, como menos, diferentes.

Aprendí a no preguntar demasiado, sino a ponerme a su lado y ver lo que estaba mirando. Siempre al final, había elegido el mejor punto de vista para cuando levantaba la vista de su libro, su mejor amigo, ver la perspectiva más bonita. Si le preguntabas, alguna vez lo hacía, porque me divertían mucho sus comentarios, me respondía con un comentario sobre algún panorama al cual yo no había visto o mirado.

«Yo vengo a La Manga ¿por qué tengo que ver a un señor gordo llenándose de crema, o una señora comiendo, cuando mi mirada puede descansar en un mar inmenso siempre en movimiento, siempre vivo, siempre arrullándome? Es un problema de saber lo que quiero, una elección correcta, tardo el mismo tiempo, solo he de mirar y decidir lo que quiero ver y lo que no quiero mirar, y ponerme adecuadamente”.

Esa elección la tenemos casi siempre pero algunas veces nos dejamos llevar por la rutina, por lo correcto, por lo que hacen los demás. Al final en la Arquitectura, como en la vida, hay que saber qué queremos ver, qué queremos mirar, y concentrarnos en que nuestras acciones nos lleven al paisaje mejor en cada momento.

Hoy en Catalunya es “La Nit de Sant Joan”, la Noche de San Juan, se celebra desde tiempos inmemoriales, como muchas tradiciones tienen millones de explicaciones históricas diversas y la realidad es que celebramos el solsticio de verano, una fiesta pagana histórica y que con la llegada del catolicismo le dimos otro nombre y algún sentido más religioso.

Pero el resumen es que desde siempre se hacían fogatas entre los vecinos, en las ciudades en los cruces de las calles y grandes y pequeños echábamos a ese fuego, teóricamente sagrado, todo lo viejo, lo odiado, lo feo, todo aquello que durante el año nos hubiera dolido, y es una manera de sentirnos purificados y capaces de empezar sin mochilas llenas de impurezas pasadas y pesadas. Los estudiantes tirábamos a ese fuego los apuntes del año, los libros heredados y ya inservibles por utilizados y emborronados. Era una señal de la llegada del verano, de un curso más pasado y aprobado, y de un nuevo verano lleno de promesas, de aventuras, de amoríos y de esperanzas.

Alrededor de esa hoguera se hacían cenas entre vecinos, cada uno aportaba lo mejor que sabía hacer, y se terminaba con una coca de Sant Joan mojada en Cava. Era una manera maravillosa de hacer una comunidad más sólida, más amigable, más verdadera y compartir con tus seres cercanos impresiones, cotilleos, alegrías y tristezas. Esa parte de fiesta callejera, por razones muy diversas, cada vez existe menos, y muchas veces a nuestros vecinos apenas los conocemos por su nombre.

Pero creo que hoy en día tenemos otras posibilidades de hacer comunidad, de hacernos vecinos comprometidos y participar en la vida de los cercanos, porque el que sean próximos es nuestra elección.

Me gustaría hacer una cena larga, muy larga con aperitivos, comida, postre y copas debajo de esas pirámides invertidas, elegir bien qué recuerdos, vestigios, disgustos y penas tenemos que quemar en nuestra hoguera frente al mar, como hacíamos de pequeños. Que alguien apareciera con una guitarra, con música y hacer nuestra verbena. Nuestra. La única pero exclusiva condición seria amar La Manga, cada uno decide cómo la ama, eso es personal, pero que pudiéramos pasar la noche viendo esas llamas, hablando, contando, chismorreando, aquí me sentaré cerca de la preciosa Sandrina, eso privilegio me lo pido, y hacer una lista de cosas feas, de malos sentimientos, de recuerdos negativos, y quemarlo, tirarlo, echarlo al fuego, para poder empezar con lo que tenemos, con nuestra realidad diaria, más limpios, mucho más renovados, pero con toda aquella historia que nos hace mejores, nos hace únicos, nos hace especiales.

Tenemos una historia y de ella tenemos que aprender, mirarla y saber criticar, comparar lo bueno de lo malo. Pero no olvidarlo, y las pirámides de hormigón invertidas nos dan consistencia, nos da raíces, nos crean arraigo, pues aprovechemos su sombra, aprovechemos su amparo, para recrearnos como si fuera un “Ágora” griega, no necesitamos ni siquiera estar físicamente juntos, aunque será precioso que como en pequeños pueblos catalanes, hoy, justo hoy, pudierais juntaros con lo mejor de cada uno para celebrar que la vida sigue, que se puede quemar lo viejo creando un día a día nuevo, distinto y diferente.

Y como mi especial madre decía cada fin de año, que apagaba el televisor, llenaba la casa de todo amigo que ella sospechara que podía estar solo en el cambio de año, hacía sonar un xilofón, como campanadas a la hora que ella le fuera bien, y que los amigos estuvieran cómodos Lo importante es el espíritu y el alma que le pongamos, las ideas, unas mejores y otras menos buenas, pero eso crea una esencia común, un alma colectiva.

Pues nosotros podemos crear una Nit de Sant Joan, una Noche de San Juan cuando nos dé la gana.

4 Comentarios

  1. Gracias por una nueva reflexión tan oportuna y necesaria.
    La noche de San Juan es siempre una oportunidad para seleccionar los apegos que nos lastran y arrojarlos a las hogueras. La renovación siempre es posible.
    Diario de La Manga y su columna son una buena oportunidad para ir apuntando y debatiendo tantas cosas que el día de San Juan se nos quedan en los desvanes y que por falta de determinación se quedan ahí acumulando polvo.
    Yo en la Manga arrojaría a la hoguera el conformismo y la indolencia con los abusos que por acción u omisión terminan pagando nuestros 2 mares, especialmente el Menor.
    Tambien me imagino una estrella fugaz y pido un deseo: Mas respeto y protección para las orillas del Mar Menor. Los barcos a atracar en pantalanes flotantes alejados de la costa, donde haya suficiente profundidad para que no perjudiquen la proliferación de nacras y otros organismos del ecosistema.

    • Ojala tu estrella fugaz te haga caso, ojala los biólogos averigüen y sepan que podemos hacer entre todos para salvar el Mar Menor, como cuidarlo y protegerlo y convertirlo en un punto de turismo para todos aquellos que quieran ayudar a mejorarlo.

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