El Cabezo Gordo y su mar

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Cabezo Gordo

El Plan de Gestión Integral de los Espacios Protegidos del Mar Menor y la Franja Litoral Mediterránea de la Región de Murcia declara en su Artículo 1 Zona Especial de Conservación (ZEC) al Cabezo Gordo que ya es Lugar de Importancia Comunitaria (LIC), entre otras.

En el Artículo 3 este Cabezo se declara Espacio Natural Protegido y Paisaje Protegido. Me canso de citar figuras de protección para este hito de nuestro paisaje visible desde prácticamente cualquier punto de la cuenca del Mar Menor al que saludo dos veces al día desde hace 19 años en los que es centinela de mi ruta. Su importancia no está solo sobre papel, sino que ha formado y es parte del ecosistema ligado al Mar Menor más allá de su medio marino. Ha sido un lugar de descubrimientos para quienes nos hemos criado en esta zona y forma parte de las excursiones obligadas de nuestra historia.

Desde aquella excursión de octavo de EGB en bici en la que comimos bajo la sombra de la pinada con la ilusión de penetrar en sus secretos, han pasado muchas cosas en esa llanura aluvial y en la albufera que le dio vida, y todas han tenido que ver con nuestra especie. Allí conocimos cornicales, artos e incluso chumberillos de lobo, pasando por el esparto entre una vegetación escasa que recordaba mucho a la cercana África, hasta llegar a los deseados murciélagos tras ver caminos surcados de lagartijas y alguna culebrilla ciega. Conocimos también la herencia de construcciones militares y mineras. Y supimos que, además de recoger sus aguas de escorrentía en pozos, bajo el mismo hay un acuífero que ha surtido de aguas de riego a los campos profundamente transformados que lo rodean. A esas alturas, ya nos parecía la Montaña Mágica pero el objetivo fundamental era, entrar en la Cueva del Agua, maravilla que nos dejó el corazón contento y el espíritu aventurero encendido.

Por aquel entonces aún no se había descubierto (fue en 1991 y de forma fortuita) el tesoro que alberga la Sima de las Palomas o, lo que es lo mismo, el hallazgo de uno de los yacimientos más importantes del mundo de restos del hombre de Neanderthal datados en el Pleistoceno Superior, entre hace 150.000 y 30.000 años. Su importancia es equiparable a Atapuerca, pero aquí como el que oye llover. El pasado mes de agosto conocimos que el equipo investigador había localizado una corona molar perteneciente al Pleistoceno (huesos que podrían ser de una hiena o león) hablándose ya de niveles profundos con una antigüedad de 100.000 y 130.000 años. Increíble ¿verdad?

Pues bien, como a listos no nos gana nadie y a denostar el conocimiento menos aún. No solo no hay en el lugar, por la cosa de la riqueza local, un museo paleontológico y de la evolución humana, sino que ni siquiera tenemos un museo del Mar Menor que nos permita dar a conocer como fue. De pasada, ambas opciones serían un incentivo turístico de primer orden y a escala mundial. Pero nada, aquí toda inversión en ciencia es auditable y precisa de contra informes. Diversificar y dar calidad al turismo poniendo en valor lo nuestro, que es valiosísimo, se aparta para valorizar ocurrencias importadas que en nada nos identifican y encima nos salen a deber.

De lo que quiero hablar es de la cantera, de cómo se permite que esa actividad horade y consuma un Cabezo que alberga tal riqueza y semejantes figuras de protección. Este tema fue objeto de protestas vecinales, pero el cansancio y la estupidez, hace que la pesadilla por la cual se destroza el monte, progrese. Lo curioso es que forma parte del ecosistema Mar Menor y ya no sé si es que en esta zona el analfabetismo medioambiental, la falta de apoyo al conocimiento científico y la mediocracia son una cepa especialmente virulenta con la población y sus representantes. Ni siquiera nuestros ancestros pueden parar el frenesí (sub)desarrollista que intenta cubrir el tremendo complejo de inferioridad que impide valorar las riquezas que tenemos y procede a aniquilarlas.

Porque vamos a ver ¿a quién le importa la evolución humana, fauna o flora, si la cantera proporciona piedra para hacerse el chalé? ¿a quién le importa la zona protegida si lo esencial es el libre mercado? ¿quién mira al Cabezo Gordo cuando viene y va de la capital de Reino de Murcia por la AP-7 y le impacta cada golpe de excavadora? Y sobre todo ¿quién tiene bellas vivencias que solo podrán ser dolorosos recuerdos y no le duele? Cada vez que lo saludo al pasar, incluso desde La Manga al otro lado del Mar Menor, me pregunto si será la última vez cuando siento como su silueta desaparece en un horizonte de avaricia sin fin.

Celia Martínez Mora
Investigadora del IMIDA, activista en grupo de coordinación de Pacto por el Mar Menor desde su fundación. Colaboradora de artículos de opinión. Adora las letras, el medio natural y las personas auténticas. Defensora de la igualdad de oportunidades y la biodiversidad, ama el pensamiento y el conocimiento.

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