El Mar Menor a dos generaciones vista

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El proceso de desertificación de Murcia y Almería sigue imparable creando auténticas estampas norteafricanas en el sur de Europa / JLD

Murcia y Almería son las únicas regiones declaradas semidesérticas de Europa.

Y nuestra zona siempre ha mantenido un ecosistema biológico estable sujeto a esas características. Había pocos humanos y su depredación no afectaba al conjunto. Pero ahora la masiva presencia de nuestra especie está provocando que el proceso de desertificación vaya en aumento.

Hace “solo” cien años era posible acercarse a la Plaza España de Cartagena y dar de beber en el abrevadero (el famoso pilón de burros) a los animales de carga gracias a un río subterráneo que circulaba por la zona.

Hace solo cincuenta años era posible ir a pasar un agradable día a Atamaría y extender el mantel a orillas de un riachuelo con agua que fluía por la superficie gracias a las numerosas fuentes naturales que tenía la zona.

Hace solo veinticinco años, en enero y febrero, vivíamos períodos con espesísimos bancos de niebla matutinos, síntoma inequívoco de la intensa humedad que había en la zona y que garantizaba el agua necesaria para la vegetación que subsistía sin problemas en torno al Mar Menor.

Pero ya no hay nada de eso.

Ya no hay aguas subterráneas (sobreexplotadas y, las que hay, salinificadas), los antaño alegres bosques que rodean Atamaría se marchitan y mueren de infecciones por falta de agua y la humedad relativa del aire escasamente alcanza el 90%

Son cambios apreciables solo si tomamos una temporalización intergeneracional y estudiamos sus tendencias. Evidentemente, los menores de treinta años posiblemente crean que lo de ahora “es lo normal”. Pero no.

¿Y hacia dónde vamos a un par de generaciones vista?

Vamos a decirlo claramente: hacia una elevación del nivel de las aguas por el deshielo de los polos (que da para otro artículo) y hacia una mayor desertificación del Campo de Cartagena.

Y aquí viene el nudo gordiano… ¿Se están poniendo en marcha ya medidas para adaptarse, que no paliar, ambos escenarios? ¿Algún partido político (que son los que deciden en nuestro nombre) contempla ya medidas a largo plazo para, al menos, tratar de minimizar los daños que esto va a causar en la economía local? ¿Se están considerando estos datos científicos para pergeñar modelos de crecimiento sostenible adaptados a la nueva realidad?

Hasta ahora solo estamos viendo medidas que tienden a repetir el patrón aprendido en las décadas que han protagonizado el desastre: ambicioso crecimiento constante de urbanizaciones y exigencia de agua a otras cuencas para seguir “generando riqueza”.

Pero estos anticuados modelos económicos, que aspiran a crecimientos constantes y anuales del 2 y 3%, son ya inviables porque la propia producción (agrícola, turística…) no puede crecer en una región ya esquilmada y arrasada por la avaricia humana.

Estos crecimientos, que tan bien sonaban en boca de nuestros dirigentes hace unas décadas, son imposibles ahora teniendo en cuenta que mantener esta producción “cuesta más” (antes había recursos –agua, terrenos…-, ya no) y que compiten en un mercado globalizado donde estos modelos depredadores de ecosistemas se dan en otros países tercermundistas con mano de obra más barata y desprecio por sus propios recursos naturales, que es lo que hacía España hasta hace cuatro días.

El antaño crecimiento económico ad infinitum es un sinsentido intelectual en un planeta limitado. Ahora lo que hay que aceptar son los límites de explotación que cada ecosistema tiene calculándose de forma científica. Trabajo políticamente incorrecto pero que alguna cátedra universitaria debería poner (si no lo ha hecho ya y no nos lo han contado) encima de la mesa de los políticos regionales.

Y se hace necesario cuantificar estos parámetros realistas de crecimiento sostenible teniendo en cuenta todas las variables que afectan al resultado final usando nuestros propios recursos, sin llorar a nuestros vecinos apelando a la

Evolución de las temperaturas medias en España de 1961 a 2012. / AEMET

“solidaridad de los pueblos” que bastante tendrán ellos con lo suyo. El cambio climático nos afecta a todos y las cuencas del Ebro o del Tajo tendrán su propio límite de crecimiento para no matar su propio ecosistema que es otro y con otras necesidades.

Si la producción agrícola de regadío no es sostenible en el Campo de Cartagena el Estado, con datos en la mano aportados por la comunidad científica, debe convencer al sector que una estabilidad económica a largo plazo en la zona pasa, quizás, por volver al secano de toda la vida y limitar el crecimiento de las plantaciones.

Si el turismo tiene, con datos matemáticos, un techo en el Mar Menor para evitar el colapso del ecosistema deberá ser éste el número sobre el cual pivote todo proyecto socioeconómico para la laguna.

Y si los poderosos gremios no lo entienden, el criterio científico (objetivo, mesurable) debe prevalecer sobre la voluntad cortoplacista de sus miembros. Por “razones de Estado” menos importantes se han tomado medidas más drásticas.

Por supuesto estos “techos de crecimiento económico sectorial” tienen que contemplar, inevitablemente, nuevos factores que hasta ahora despreciábamos. Por ejemplo, el coste que supone descontaminar nuestro medioambiente.

Y, su precio, hay que añadirlo al coste final de los productos que se hayan obtenido con esa contaminación. Es decir, si limpiar el Mar Menor tiene un coste económico determinado éste debe imputarse sobre los productos finales que han provocado esta contaminación (llámese alcachofa, moto acuática o apartamento turístico) en lugar de “exigirle” a la UE que cubra nuestras incompetencias como pueblo a golpe de talonario.

Además, ya, las comprometidas universidades regionales tienen que cuantificar la presión demográfica límite de cada ecosistema local y volver a ponerles sobre la mesa a los políticos otra “patata caliente”.

Trabajando sobre parámetros matemáticos hay que decir, exactamente, cuánta gente (humano arriba, humano abajo) es capaz de soportar el Mar Menor y limitar el asentamiento poblacional en cada espacio geográfico en función de esos datos científicos.

¿Medidas feas? ¿radicales? ¿políticamente incorrectas?

Es posible pero más feo, radical y políticamente embarazoso se presenta nuestro escenario en la zona si seguimos empeñados en repetir patrones de crecimiento de los setenta en un planeta donde los problemas, por pura avaricia y miopía humana, van adquiriendo tintes cada vez más alarmantes.

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