El regreso

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Regresé de Tierra Adentro en el Noroeste peninsular. En él, rodeada de arboleda, sendas a la ribera del río, recorriendo paisajes de interminable cereal y pueblos recónditos intactos aún en su esencia, algunos días me asomaba a la ventana mirando hacia el horizonte tranquilo y resonaba en mi cabeza la letra de Rafael Alberti al ver pasar un jornalero de aquellos mares que son los extensos campos: “Háblame del mar, marinero. Dime si es verdad lo que dicen de él. Desde mi ventana no puedo yo verlo. Desde mi ventana el mar no se ve.”

Ninguno hubiese sabido decirme y menos aún entender mi preocupación por algo que en aquel lugar, está totalmente fuera de la realidad cotidiana. Sin embargo, la tecnología en 4G, con permiso del 5, y el incansable trabajo que desarrollamos en Pacto por el Mar Menor para el que no existen vacaciones, pero sí nos sobra vocación, me traía imágenes y textos de todo cuanto acontecía a diario en mi pequeño mar.

Descansando de largas caminatas bajo pórticos de iglesias semiderruidas, a la sombra de los chopos junto al río, o en la terraza del bar como centro neurálgico, supe que solo 13 desalobradoras habían vertido 1.900 piscinas olímpicas de salmuera al Mar Menor en su momento, asistí anonadada a una limpieza tardía de los cauces naturales que son las ramblas ante el riesgo de lluvias y arrastres, limpieza salpicada con los afloramientos causados por ascensos del nivel freático del maltratado suelo que acoge al acuífero, vi a vecinos indignados cuyo acceso al mar era una piscina de fango, un boom de fitoplancton enmarcado en espuma y leí declaraciones varias de una y otra parte. Panorama desolador, impotencia desatada y, finalmente, ganas de zarandear a alguien a ver si agitando, espabilaba.

Las casas de adobe resisten bien el paso del tiempo, el abandono, la desidia y es curioso comprobar cómo la fabricación de estos ladrillos de modo artesanal se muestra como cultura, como sello. Me preguntaba si seríamos capaces de rescatar lo nuestro de las garras del desarrollo artificial que genera clones de otras cosas y lugares que nada tienen que ver con los marmenorenses. Me preguntaba si los campanarios de las iglesias, o más bien el faro de Cabo de Palos, velaría por nosotros al igual que las viejas espadañas con su pareja de cigüeñas fieles velaban por cada pueblo todavía. Nada más poner un pie en mi tierra, fui como representante de Pacto a la asamblea vecinal de Los Urrutias con presencia de cargos públicos competentes. Infinito queda por hacer.

A los pocos días, los avisos de la natural llegada de lluvias y sus alertas nos colocaron en modo pánico. Como tengo el defecto de pensar la causa de las cosas, llegué a la conclusión de que este modo pánico no se daría si tuviésemos la certeza de que se han tomado las medidas necesarias para evitar vertidos al Mar Menor y que estos vertidos ya no se generan. Todo este sufrimiento por demora, desidia e improvisación es innecesario y comienza a ser inadmisible. La población y los gobernantes entramos en este modo pánico no porque la rambla vierta al mar, que es su función natural, sino porque el Mar Menor está en cuidados intensivos aún y la posible carga de metales pesados, nitratos, aguas fecales o ascensos del freático de un acuífero cargado de nutrientes, circulará por la misma cumpliendo la función natural el ciclo del agua.

A veces miro la rambla del Albujón en un escenario onírico de sueño daliniano, derritiéndose como sus relojes surrealistas y alargándose hacia el infinito, disminuyendo su cauce hasta casi asfixiarlo queriendo desaparecer. En el fondo podría gritar qué culpa tiene de que de todo aquello que circula por ella disuelto en agua o flotando, nombrando el origen, la causa, la reiteración. Desdibujaría argumentos, los derretiría con la fuerza de la realidad. Excepto el modo pánico consecuente de la procrastinación.

Buscando el rencuentro real con mi mar unido al pensamiento crítico, me instalo en prácticamente el único lugar del mundo en el que ver amanecer y atardecer sobre dos mares distintos cruzando tan solo unos metros a pie, es posible. Pues a ti vuelvo, al lugar del que nunca me fui, recuperando paisajes dormidos en mi subconsciente bajo el filtro de nuestra realidad.

Celia Martínez Mora
Investigadora del IMIDA, activista en grupo de coordinación de Pacto por el Mar Menor desde su fundación. Colaboradora de artículos de opinión. Adora las letras, el medio natural y las personas auténticas. Defensora de la igualdad de oportunidades y la biodiversidad, ama el pensamiento y el conocimiento.

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